FRANK BAIZ - LA PÁGINA DEL GUION
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Del autor y otros imponderables

Del autor y otros imponderables

Artículo publicado originalmente en Encuadre No. 39, 5-6.

La expulsión del autor de carne y hueso de las entrañas del texto narrativo, constituye un salto hacia la actualidad del pensamiento lingüístico: identificación de una autonomía constitutiva, por una parte y, por otra, de una estructura constituyente: la del lenguaje. El lenguaje es delegación: cuando hablo, mis palabras se hacen autónomas; cuando filmo, ese tejido de colores y sonidos cobra vida propia. Todo texto es como esa flecha de curso irreversible de la que hablaba Julio Cortázar al referirse a un cuento concluido, venablo que parte de un hombre y que, librado de su fuente inicial, se separa irremediablemente de su centro: crear es parir, en más de un sentido.

Esto hay que entenderlo bien: no se trata de la postulación de una inmanencia para el objeto producido en el acto de la enunciación: el texto existe en relación con quien lo produce, a una situación de emisión, a un contexto. Pero una vez emitido, el texto preserva su estructura de significación. Por eso, entender un filme es, entre otras muchas cosas, comprender una relación: entre una instancia emisora (llámese ésta autor, director o equipo) y un sistema que es su producto dinámico. No hay que buscar al hombre en el texto, por que no está, como yo no estoy en mi voz. Que mi voz remita a mí, es otra cosa, que este resultado que ahora dialoga con el lector (concreción de la presencia que imagino mientras escribo), no es un problema mío como persona, que a lo mejor estoy tomando café en este mismo instante y ni me ocupo de esto.

Por eso la crítica que se preocupa de encontrar al autor en el texto fílmico, cuando confunde dos mundos, peca de ingenua, por una parte (como el espectador finisecular huyendo del tren) y de neurótica, por otra: identifica un apéndice humano donde no hay más que signo, enfila a veces su furia contra una imagen en el espejo(1), creyendo atacar el cuerpo que en él se refleja y que -por fortuna- se aloja en otra parte.

Bien mirado, es más sencillo entender un filme como delegación estructurada e interactiva (capaz, en particular, de relacionarse con su autor, que vive fuera del texto), que como objeto construido confusamente con los retazos del hacer y la mente de un hombre. No hay presencia ni marcas de autor en ningún texto, como no hay existenciasautorales en ningún filme, por que el texto en sí es (todo) marca y forma de existencia(2). El autor no permanece en el texto, como yo no permanezco en mi voz. El costo de este salto conceptual entre lo que es, en principio, producto de un acto esencialmente humano y una cierta humanidad encapsulada en el objeto de producción, es el de la abstracción; el beneficio, la compresión de los mecanismos semánticos despejados por la semiología.

Hay otro riesgo en ver en el autor un gnomo que se escurre en los intersticios del texto y que desaparece a ratos de su superficie. Consiste en mirar al filme como a un recorte de la realidad misma en aquellos momentos en que el autor no deja sus marcas: cuando el montaje, por ejemplo, por convencional (por transparente), pasa inadvertido. El filme sería solo relato cuando el autor se revela en el acto narrativo. Esto equivale, en resumen, a pensar que una parte del mundo representado obedece a la voluntad del autor (aparece como su producto volitivo), y otra parte es mundo en sí mismo, hecho texto por obra y gracia de la representación. Texto y realidad se ínter penetran en un mismo acto productivo, lo que, analíticamente, desemboca en la más irresoluble confusión.

Al colocar al autor en el sitio que siempre ha estado -fuera del filme, fuera del relato escrito- el pensamiento analítico a reordenado internamente un objeto (el filme o la novela como sistemas de significación) y una relación (entre el cineasta o el escritor y ese objeto por él producido), es decir, se ha introducido, propiamente, en un análisis del discurso(3). El texto se basta de por sí, como se basta este escrito para postular sus atrevimientos o sus errores. Lo demás es nostalgia de un mundo imposible: apenas lo fabricamos, el lenguaje nos deja solos.

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Notas

(1) Hay un tercer aspecto -que no voy a desarrollar aquí- el cual remite a una variante de los mencionados y que comporta el mecanismo de la proyección: el crítico hace de la exigencia con el texto una cuestión de ética personal, de plenitud existencial casi. Juzga al autor por lo que considera una parte de sí (que tampoco, stricto senso, lo es) y exige un rebasamiento que justifique ontológicamente al pobre ser de carne y hueso que está detrás de todo esto. La proyección interviene en un doble sentido, adivina uno, quizás ese texto crítico es, en el fondo, ese pedazo de sí con que el crítico cree completarse mientras se toma un Toddy o engulle una arepa de queso.

(2) Ver por ejemplo, Gaudreault, André Du Litéraire Au Filmique. Méridiens Klincksieck. Paris, 1989. La narratología parece siempre querer acogerse a este principio.

(3) Redundemos: para que exista tal análisis, el texto debe haberse liberado el hombre. Sólo así se confiere existencia a un objeto como tal, susceptible de ser entendido con relación al mundo que lo produce.