FRANK BAIZ - LA PÁGINA DEL GUION
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Más allá de Robert McKee: cómo hacer que el detonante de tu guion funcione

La idea de que las historias progresan a partir de un evento catalizador tiene su germen en las reflexiones sobre la acción contenidas en la poética de Aristóteles y a ella se alude en muchos textos sobre la estructura narrativa de las historias y, en particular, en diversos manuales sobre la escritura de guiones. Este evento particular es llamado “detonante”, “catalizador”, “llamada de la aventura” (en la terminología del mitólogo Joseph Campbell  difundida por Christopher Vogler), “fase del contrato” (en la semiótica narrativa de A.J. Greimas)   y, en palabras de  Robert McKee,  inciting incident o incidente incitador. El incidente incitador siempre es descrito casi de la misma manera: se trata de “un acontecimiento que cambia el equilibrio de fuerzas que exista en la vida del protagonista” y que, en consecuencia, “pone la historia en marcha”. McKee no explica mucho en qué consiste en esencia lo del  “equilibrio de fuerzas en la vida del protagonista”, pero, tanto él, como el resto de los autores que hablan  del incidente incitador, asumen que se trata de un evento externo que altera el curso vital del personaje protagonista: un terremoto, un secuestro, una mirada seductora, un contrato, una oferta, una noticia, un despido, son todos incidentes incitadores. El incidente incitador, en otras palabras, según esto, es el artificio que el guionista-demiurgo inventa para que su personaje protagónico abandone la quietud del “mundo ordinario” y comience a actuar en beneficio de la película. Visto así, pergeñar un incidente incitador es una cosa de ocurrencia, de inventiva (casi mecánica) y de imaginación. Pero el asunto no es tan fácil. Ni es tan simple.

Sucede que, ni en la vida a las personas, ni en las historias a los personajes, los hechos del mundo nos ponen en movimiento de la misma manera: no vamos a los mismos conciertos, ni el deshielo polar nos afecta de idéntica forma. No nos enamoramos de la misma manera y lo que, para algunos, es una catástrofe, para otros constituye apenas el estímulo de una risotada. Como todo en las historias -y podría decirse, como casi todo en la vida- somos y hacemos dentro de una unidad indiferenciada en la que apenas logramos discernir si somos por lo que hacemos, o si hacemos por lo que somos. Y si esto es cierto en las historias que construimos con ese acaecer indescriptible que es nuestra vida, lo es mucho más en las historias que imaginamos para convertirlas en guiones. Así que no existen detonantes o incidentes incitadores puros en las historias, sino incidentes incitadores de (y para) cada personaje en su particularidad: una amenaza de muerte puede detonar el periplo de una huida, si el personaje protagonista que la padece es un joven que ama la vida y está próximo a casarse; la misma amenaza de muerte puede representar el alivio de un suicida, que puede recibirla con los brazos abiertos y fin de la película. Lo mismo puede decirse para los contratos, las ofertas, los tornados o las miradas seductoras. Los eventos no detonan nada en sí mismos, porque para algunos personajes un mismo acontecimiento puede constituir una amenaza y para otros distintos, una oportunidad. No hay incidentes incitadores en sí mismos, sino duplas formadas por eventos y personajes que funcionan como “incidentes incitadores”, de acuerdo con los móviles previos internos de los personajes. Discernir sobre cuáles tipos de eventos “ponen en movimiento” a cuales tipos de personajes no es un simple asunto de taxonomía, sino una distinción que los guionistas deben conocer a la hora de diseñar los “incidentes incitadores”. Y, con eso,  poner sus “historias en movimiento”.

La otra cara del incidente incitador es el personaje –el segundo factor de la dupla– o, mejor dicho, el móvil interno del personaje. En este mundo que llamamos real” estimamos que un evento constituye para nosotros una amenaza o una oportunidad, de acuerdo con nuestras predisposiciones internas, con nuestras afinidades y aversiones, con nuestra naturaleza (de ahí lo del presunto proverbio chino de que toda crisis encierra a la vez peligro y oportunidad, y que, de acuerdo con nuestra actitud, podemos asumir el evento negativa o positivamente). Dejamos para otra ocasión una reflexión más completa sobre el personaje,  y por ahora podemos decir que un personaje es, en su esencia, una predisposición, una actitud internalizada, una pasión o una aversión. Un personaje – y sobre todo el personaje central de una historia –  es eso: la encarnadura de una esperanza o un miedo, de un exceso o de un defecto de eso que llamamos la naturaleza humana. Y esa naturaleza o predisposición se articula con los eventos generando decisiones: si lo que sucede favorece nuestro deseo, lo llamamos oportunidad; si estimula nuestro temor, lo llamamos amenaza. El personaje principal de una historia es, en último análisis,  o bien la expresión de un deseo, o  bien la expresión de un temor: el deseo o la aversión, la atracción o la repulsión, el amor o el odio, la compulsión o la fobia, son las fuerzas primarias del universo, sin uno de estos polos, no hay movimiento. Fuera de esa polaridad, narrativamente, no hay más nada (quizás la indiferencia, pero esa es otra historia que ahora no voy a contar). Para explicar cómo funciona la relación entre un (tipo de) protagonista y un evento que actúa como incidente incitador en una historia, voy a hacer uso de una versión modificada de lo que en la teoría de la formulación de estrategias se llama la Matriz DOFA. Mi versión ad hoc de la matriz es la siguiente:

MATRIZ DOFA ORIGINAL

  POSITIVO NEGATIVO
ORDEN INTERNO Fortalezas Debilidades
ORDEN EXTERNO Oportunidades Amenazas

 

NUESTRA ADAPTACIÓN

  PROACTIVO REACTIVO
ORDEN INTERNO Atracción Aversión
ORDEN EXTERNO Oportunidad Amenaza

 

La primera columna de la matriz nos describe la perspectiva “positiva” (o “proactiva”) de las predisposiciones y de los eventos: una predisposición positiva del personaje es aquella que está signada por el deseo: el niño que quiere ser millonario, la mujer que quiere lograr el amor, el adicto que desea y está dispuesto a  conseguir la droga. Un evento “positivo” (desde la perspectiva del protagonista) es el que conforma una oportunidad. La segunda columna describe la perspectiva “negativa” (o “reactiva”) de las predisposiciones y de los eventos: una predisposición “negativa” es la que está marcada por la aversión: un marido que odia a su esposa, una joven que huye de la intimidad, un niño que le tiene fobia a las culebras o un alcohólico que detesta la sobriedad.  Veamos ahora qué pasa cuando un personaje de un determinado tipo asume un evento como oportunidad o como amenaza.

CASO 1. El protagonista tiene un deseo y el evento incitador constituye una oportunidad. Es el caso del héroe “positivo” de las historia de logro (el cine de aventuras, el cine negro)  y también del héroe (trágico) de las historias de perdición: el Nelson Mandela de Invictus (Clint Eastwood con guion de Anthony Peckham, 2009) o Ben Sanderson, el alcohólico suicida de Leaving las Vegas (Mike Fliggis, guionista y director, 1995). Todo el cine de héroes y anti-héroes clásicos hace uso de esta configuración.

CASO 2. El protagonista tiene una aversión y el evento incitador constituye una amenaza. No existiría el cine de horror, ni el género bélico, ni el drama, ni el melodrama, ni el thriller sin esta segunda configuración. Desde A Nightmare on Elm Street  (Wes Craven, guion y dirección, 1984), hasta Arrival (Denis Villeneuve, con guion de Eric Heisserer, 2016), pasando por quién sabe si más de la mitad de las películas que se han producido en la historia del cine recurren al incidente incitador amenazante en virtud de su eficacia dramática.

CASO 3. El protagonista tiene una aversión y el incidente incitador constituye una oportunidad de una pasión que no corresponde con su aversión (aunque entra en conflicto con ella). Corresponde a esquema un tanto estandarizado (aunque dramáticamente más débil que los dos casos anteriores): Crazy hearth (escrita y dirigida por Scott Cooper, 2009) y todos las películas en las que el protagonista, en consonancia con ciertos preceptos del cine comercial norteamericano, resulta fuertemente motivado por incidente incitador externo para ser asaltado por una aversión que lo paraliza en el último tercio de la película.

CASO 4.  El protagonista tiene un deseo y el evento incitador constituye una amenaza (que obstaculiza ese deseo, aunque no lo impide). Es el caso de Drugstore Cowboy (la película escrita y dirigida por Gus Van Sant de 1989). Es también un caso débil, como el caso anterior, y probablemente el caso de muchos guiones adaptados de novelas (por razones que no cabe analizar la aquí).

Finalmente, lo que se sigue de la discusión anterior es que no todos los eventos incitadores son adecuados para todos los personajes, ni caben en todas las historias. Lo cual explica, de paso,  por qué recursos como los de la casera que toca en el apartamento de la protagonista amenazándola con el desalojo, o el de la noticia de una enfermedad que amenaza de pronto al protagonista, no siempre funcionan. El incidente incitador, en conclusión no es un dispositivo externo que se le coloca a las historias con el fin de “desequilibrar las fuerzas que en la vida del protagonista” y “hacer que la historia avance”, sino, más bien, una pieza fundamental de la dinámica dramática imbricada en su estructura lógica. ¿Cómo hacemos entonces para escoger o diseñar el mejor incidente incitador posible para nuestro guion? Eso lo discutiremos en otra oportunidad. 

Lee Frank Baiz.

Lee también: “10 falacias de los grandes gurús del guion y cómo protegerse de ellas“.

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  1. Unknown

    25 junio

    Excelente nota! Se trata, como siempre, de que las herramientas dramáticas – el incidente incitador en este caso – estén siempre estrechamente vinculadas con el personaje y no se sientan como algo que el guionista le "impone" al personaje. Como bien dice el artículo, este incidente puede incluso ser contradictorio para la mayoría de las personas: matar a alguien puede considerarse globalmente como un catalizador, pero para un asesino a sueldo, NO matar a alguien a quien fue contratado para matar sería lo que provocaría una ruptura en el equilibrio de la vida de ese personaje.

    • Frank Baiz

      26 junio

      Magnífico ejemplo. Agradezco mucho tu comentario.

    • Unknown

      26 junio

      Gracias por etiquetarme, Frank. Siempre es un "nutritivo" placer leerte o escucharte. Eso sonó raro, pero es verdad, jaja! En cuanto al "incidente incitador", considero que funciona mejor (cualquiera que sea), cuando no sólo se saca al personaje de su área de confort, sino que dicho detonante lo compromete de forma vital. En términos de ajedrez: creo que un buen incidente incitador es un "jaque existencial" que obliga al personaje a ejecutar acciones para que dicho "jaque" no termine siendo "mate". Soy Gilberto González, porsia… Saludos!

    • Buen artículo, gracias por compartirlo!!! 🙂 aprendí!!!

  2. C L Leon

    1 julio

    Excelente, profesor Frank. Gracias por compartir esa enseñanza. Abrazo.