FRANK BAIZ - LA PÁGINA DEL GUION

Del guión y los juegos preliminares

Como el amor, también la seducción que pretende el guionista en la humanidad del lector necesita de preliminares. Y ese introito obligado suele llamarse el Acto I. En el Acto I —como en los prolegómenos del amor—, sabemos algo del lío en que nos estamos metiendo, intuimos por qué nos líamos y, en la medida de lo posible, nos hacemos una idea de cuál es la persona por la que estamos dispuestos a jugarnos el pellejo o el cuerpo. A veces, también, llegamos a informarnos de algunos antecedentes de la persona de marras, aunque en ocasiones, en ambas contiendas, nos llevamos sorpresas. El Acto I, en fin, nos confiere la medida de nuestro riesgo inicial, nos participa cuánto estamos exponiendo nuestro corazón o nuestra plata.

El comentario viene a cuento porque a veces me sucede con la lectura de algunos guiones que los textos me ofrecen historias interesantes, genuinas y bien urdidas, pero que carecen de la necesaria preparación racional y emocional que provee el Acto I. Son historias que pretenden colocar repentinamente al lector frente a los contratiempos que sufre un personaje cuando se le ve enfrentado a una “interesante” circunstancia adversa. La circunstancia puede provenir de problemas novedosos, de condiciones que lucen pertinentes debido a su relevancia en el aspecto histórico o humano o social, de acciones intensas y trepidantes. Pero cuando el escritor olvida que a nadie le interesa lo que le pasa a la gente desconocida (lo que te pasa a ti, es una historia, lo le que pasa tus congéneres son anécdotas y noticias), las circunstancias son solo eso: circunstancias.

Hay dos problemas con esto: el primero tiene que ver con el asunto de la identificación. Tal como dijo Hitchcock, nadie se conmueve de entrada en una película porque una bomba de alta potencia haga saltar en pedazos un autobús cargado de pasajeros. O porque una mujer sea seducida por otra en un ascensor. O que un niño descubra una elefanta en la ducha, o que una anciana sea degollada frente a un semáforo. Para que me duela alguien, para que me interese durablemente su acaecer, tengo que conocerlo primero: compartir algo de sus anhelos, comprender algo de sus temores, saber que ese alguien es como yo y que su fragilidad es un poco la mía. El segundo problema —que es el mismo, pero visto desde otro punto de vista— es que cuando el lector no le presenta al público su personaje, lo que revela es cuánto su narcisismo ha tomado el control de la escritura. El lector narcisista —o el narcisismo del lector— no le presenta el personaje al público porque a él (o a ella) todo el mundo lo conoce. Y eso es “lógico” para el narcisismo (así somos todos en nuestra vida cotidiana) ¿Cómo no va a saber el lector que estoy hablando de un hombre sufrido? ¿De una mujer rechazada en su entorno social? ¿De una adolescente incomprendida? ¿De una artista popular acosada por las exigencias de una sociedad cosificada? En otras palabras: como todo el mundo sabe de qué estoy hablando (estoy hablando de mí), no es necesario que me demore en introducciones.

Con todo esto no quiero decir que todos los guiones deban presentar a sus personajes en las primeras páginas (o en las primeras 10, como reza el catecismo): ya David Bordwell se ha ocupado de teorizar sobre las modalidades de la exposición. Lo que quiero indicar, una vez más, es que una historia no es una cadena de circunstancias, sino, más bien, lo que le sucede a un personaje en su ser cuando se ve afectado por las consabidas circunstancias. El personaje, en último término, tiene una esencia que debe ser expuesta, en el comienzo del guión o en el medio, antes o después, eso depende de las estrategias, de la intuición, del talento y del género. Lo que no funciona es pensar que lo “obvio”, que es aquello que yo conozco y doy por sentado, no necesita presentación. Como en el amor, quien dispara prematuramente, puede tener la improbable suerte de dar en el blanco. Pero las más de las veces, yerra el tiro, pierde la presa o recibe una cachetada.

El comentario viene a cuento porque a veces me sucede con la lectura de algunos guiones que los textos me ofrecen historias interesantes, genuinas y bien urdidas, pero que carecen de la necesaria preparación racional y emocional que provee el Acto I. Son historias que pretenden colocar repentinamente al lector frente a los contratiempos que sufre un personaje cuando se le ve enfrentado a una “interesante” circunstancia adversa. La circunstancia puede provenir de problemas novedosos, de condiciones que lucen pertinentes debido a su relevancia en el aspecto histórico o humano o social, de acciones intensas y trepidantes. Pero cuando el escritor olvida que a nadie le interesa lo que le pasa a la gente desconocida (lo que te pasa a ti, es una historia, lo le que pasa tus congéneres son anécdotas y noticias), las circunstancias son solo eso: circunstancias.

Hay dos problemas con esto: el primero tiene que ver con el asunto de la identificación. Tal como dijo Hitchcock, nadie se conmueve de entrada en una película porque una bomba de alta potencia haga saltar en pedazos un autobús cargado de pasajeros. O porque una mujer sea seducida por otra en un ascensor. O que un niño descubra una elefanta en la ducha, o que una anciana sea degollada frente a un semáforo. Para que me duela alguien, para que me interese durablemente su acaecer, tengo que conocerlo primero: compartir algo de sus anhelos, comprender algo de sus temores, saber que ese alguien es como yo y que su fragilidad es un poco la mía. El segundo problema —que es el mismo, pero visto desde otro punto de vista— es que cuando el lector no le presenta al público su personaje, lo que revela es cuánto su narcisismo ha tomado el control de la escritura. El lector narcisista —o el narcisismo del lector— no le presenta el personaje al público porque a él (o a ella) todo el mundo lo conoce. Y eso es “lógico” para el narcisismo (así somos todos en nuestra vida cotidiana) ¿Cómo no va a saber el lector que estoy hablando de un hombre sufrido? ¿De una mujer rechazada en su entorno social? ¿De una adolescente incomprendida? ¿De una artista popular acosada por las exigencias de una sociedad cosificada? En otras palabras: como todo el mundo sabe de qué estoy hablando (estoy hablando de mí), no es necesario que me demore en introducciones.

Con todo esto no quiero decir que todos los guiones deban presentar a sus personajes en las primeras páginas (o en las primeras 10, como reza el catecismo): ya David Bordwell se ha ocupado de teorizar sobre las modalidades de la exposición. Lo que quiero indicar, una vez más, es que una historia no es una cadena de circunstancias, sino, más bien, lo que le sucede a un personaje en su ser cuando se ve afectado por las consabidas circunstancias. El personaje, en último término, tiene una esencia que debe ser expuesta, en el comienzo del guión o en el medio, antes o después, eso depende de las estrategias, de la intuición, del talento y del género. Lo que no funciona es pensar que lo “obvio”, que es aquello que yo conozco y doy por sentado, no necesita presentación. Como en el amor, quien dispara prematuramente, puede tener la improbable suerte de dar en el blanco. Pero las más de las veces, yerra el tiro, pierde la presa o recibe una cachetada.