FRANK BAIZ - LA PÁGINA DEL GUION

Ángeles y demonios

Ángeles y demonios (The Lost Symbol, Ron Howard, 2009, basada en la novela homónima de Dan Brown), proporciona un claro ejemplo de lo que sucede cuando un guión divorcia la naturaleza de su pretendido personaje central, de la circunstancia en la que éste aparece involucrado. Robert Langdon, el profesor de iconología y simbología que protagoniza la historia, es -como se afirma en varias oportunidades a lo largo del filme – un ateo empedernido. Y pareciera que el guionista (y más allá de él, el escritor de la novela original) hubiese querido implantar la mencionada condición con la finalidad de “problematizar internamente” al personaje, Pero este rasgo, que no es un rasgo crucial, toda vez que no es puesto a prueba por los eventos de la historia, no produce en el protagonista ningún conflicto interno: nada de lo que sucede en Ángeles y Demonios compromete el ateísmo de Langdon. O, en otras palabras, el filme no logra construir la situación dramática que coloca a Langdon en el dilema de escoger entre su accionar y su creer, entre su hacer y su ser. Lo que esto demuestra -y para esto, las estructuras fallidas como la de Ángeles y Demonios constituyen una escuela- es que un guión no puede alcanzar mayor profundidad dramática si no logra adjudicarle al Personaje Central una naturaleza que esté profundamente en conflicto con la circunstancia en la que lo coloca la historia. Este es el núcleo de la Estructura Básica  y dicho núcleo aparece correctamente estructurado en la generalidad de los filmes correctamente dramatizados, tanto de género, como de autor, desde Star Wars de George Lucas, hasta Seom, de Kim Ki-duk. El rasgo crucial del personaje es la manifestación de una naturaleza que se pone a prueba. En eso reside el secreto de una historia bien dramatizada. En este concepto básico del Método Escriba® reside gran parte de su potencia.