FRANK BAIZ - LA PÁGINA DEL GUION
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El personaje de los psicoanalistas

El personaje de los psicoanalistas

Lo descubrí hace algún tiempo: a los analistas (freudianos, jungianos, lacanianos, poco importa) no les gustan los personajes cinematográficos, sino los casos clínicos. Todo comenzó hace varios años en una discusión sobre el filme Damage de Louis Malle, a la que me invitó gentilmente la Sociedad Psicoanalítica de Caracas. Allí, en el seno de un panel muy distinguido, mientras ponía a prueba mi capacidad de comportarme a la vez como ex-paciente y como panelista,  me di cuenta que los ceños fruncidos de mis contertulios no sólo obedecían a su inveterada costumbre de apropiarse del inconsciente en cualquier acto de escucha,  sino que entregaban a la convicción de que eso que ellos tan claramente veían, a mí ni siquiera me pasaba por la cabeza. En vano les quise seguir explicando  porqué Anna Barton, la protagonista, me lucía un personaje más bien plano, o porqué Stephen Flemming, el protagonista, parecía carecer de un objetivo dramático claro: la cejijunta seriedad de mi público no me daba tregua. La discrepancia se hizo verbo en la intervención de una de mis compañeras de pánel:  Anna Barton era un personaje complejo y profundamente perturbado, una mujer que había flirteado  con su padre cuando niña, tal como lo atestiguaba  la rigidez típicamente histérica de Juliette Binoche en no me acuerdo cuál escena con Jeremy Irons. Poco importa quien tenía la razón en aquel entonces (probablemente los psicoanalistas), lo que sí comencé a entrever es que mis amigos anfitriones y yo percibíamos cosas distintas.

Posteriores incursiones -ahora con algunos miembros de la Sociedad de Analistas Junguianos que se empeñaban en invitarme a sus cineforos para que yo siempre terminará hablando mal de las películas que seleccionaban-  comenzaron a aclararme un poco más el panorama. A mí Las Invasiones Bárbaras  de Denis Arcand me parecía una buena película, sí, pero también poco dramatizada, expositiva, intelectualizada, y hasta un poco presuntuosa, propia de intelectuales franceses, en pocas palabras. Para el  público especializado, que veía arquetipos por todas partes, lo no dicho y lo no dramatizado, constituitía, por el contrario,  un preciado vacío en el que sus interpretaciones encontraban alojamiento. Y lo dicho explicitamente,  en grandes parrafadas, parecía aún más apetecible, porque entonces la teoría, la interpretación y la corroboración se amalgamaban: era como si la teoría se comprobara en el reino feliz de los personajes. De nuevo, poco importa quién tenía la razón, lo que me interesaba es que cada vez más se me iban aclarando las cosas.

Un día, invitado por la Nueva Escuela Lacaniana, intenté explicar qué era eso de la psiquis de un personaje, y aunque el público acogió con bastante respeto mi disertación según la cual la psiquis de un personaje es una construcción puramente textual (o que, dicho más crudamente, no existe tal cosa como el complejo de Edipo de un personaje, en otro post haré el resumen de la ponencia), el entusiasmo que brillaba en los ojos de alguno de los presentes en el momento de describir el inconsciente de un personaje extraído de mis ejemplos, terminó de darme la clave. Y con eso termino: no, a los analistas no le gustan los personajes, les gustan los casos clínicos, cómo no se me había ocurrido antes.  Por eso es que a muchos de ellos prefieren la anamnésis al drama, las pistas caracterológicas a la acción significativa: esa ausencia les alimenta el afán interpretativo y los hace felices. Y eso está bien, porque ellos también tienen el derecho que tenemos todos a vivir en paz con nuestros fantasmas.