FRANK BAIZ - LA PÁGINA DEL GUION
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El extraño caso de Benjamin Button: de las adaptac...

El extraño caso de Benjamin Button: de las adaptaciones

El extraño caso de Benjamin Button, de David Fincher, constituye un buen ejemplo de un guión que sacrifica la naturaleza a la circunstancia y, en particular, nos  concede la oportunidad de que expliquemos estos dos conceptos centrales dentro de mi método de trabajo. Una obra dramática suele ser el producto de una naturaleza sometida a una circunstancia, es decir, el producto  de una naturaleza humana que padece el reto de transformarse en su interacción con el entorno social (circunstancial) que la contiene, o de transformar dicho entorno. Y eso es lo que, muy en su estilo, contiene el relato original de Scott Fitzgerald, The Curious Case of Benjamin Button. En el famoso relato del escritor estadounidense, un hombre (Benjamin Button), padece la asombrosa fortuna de nacer convertido en un anciano y esta naturaleza singular contraviene y disloca la suerte del primer espectador de ese prodigio: el señor Roger Button,  su infortunado padre.  La naturaleza de Benjamin Button es subversiva: no sólo es la familia Button la que se ve obligada a poner a prueba sus prejuicios y sus ideas del mundo, de la vejez y la juventud,  para sostener la paradoja que tanto los involucra (el Señor Button —oscilando entre el amor y la denegación— hará de su hijo un anciano/ niño, lo vestirá, le dará educación, lo hará partícipe de la fortuna familiar, siempre sometido a las exigencias dolorosas de ese amor casi insostenible), sino que, además,  algunos personeros de la sociedad de Baltimore de finales del siglo XIX y comienzos del XX confrontaran sus pre-concepciones con dicha naturaleza. El resultado es un relato en el que lo anecdótico se dramatiza en la contraposición conflictiva de esas dos naturalezas: la de un hombre que, contra toda lógica, vive la vida al revés y la de una sociedad que, por naturaleza, juzga la vida al derecho.
 
Muy otra es la estrategia del guionista Erich Roth en el filme de David Fincher: Benjamin es su circunstancia y nada más que una circunstancia. Benjamín nace como un bebé con apariencia de anciano y esta curiosa circunstancia es fuente de espectáculo y asombro. Como Benjamín es sólo circunstancia (y no una esencia que se opone problemáticamente a otra esencia) no hay colisión ni conflicto posible: una pareja de negros recoge al personaje, lo cría y, a partir de aquí, esa exterioridad circunstancial de ser un viejo que paulatinamente se transforma en joven coloca al ¿protagonista? en diferentes situaciones: la de vivir algunas aventuras, la de enamorarse de una mujer que envejece mientras él se hace más joven,  hasta que esa cadena de situaciones circunstanciales llega a su fin. Como no hay esencia, no hay conflicto ni roce posibles: la sociedad, vive su circunstancias por un lado (su transcurrir) y Benjamín vive a su vez las suyas (también su transcurrir). Y cuando se agotan las circunstancias, se acaba la película habiendo dicho nada más que eso: que la circunstancia de nacer viejo y morir joven es triste o patética o en suma, que esa circunstancia no es más que un espectáculo.
 
El relato de Fitzgerald habla, con voz irónica, de las paradojas y las ironías de la sociedad, del tiempo y de la vida. El filme de Fincher tan sólo expone el espectáculo de una extraña circunstancia: lo que en Fitzgerald es pretexto narrativo, en Fincher se hace ceremonia casi única. La conclusión es que sin la dialéctica entre naturaleza y circunstancia es muy poco lo que puede decirse y que la suerte de un guión construido sobre la mera circunstancia descansa en la eventualidad precaria de que una película pueda sostenerse nada más como único espectáculo de una circunstancia.